De vez en cuando

Las víctimas parecen invisibles: por qué las palabras de Jorge Rodrigo Tovar muestran que no es la persona adecuada para su cargo

Hace unos días, El Espectador publicó una entrevista con Jorge Rodrigo Tovar, nuevo coordinador del grupo de política pública para víctimas del Ministerio del Interior. El nombramiento de Tovar no ha caído bien en diferentes sectores. La razón es que su padre, Jorge Tovar Pupo, alias Jorge 40, fue un importante jefe paramilitar, actualmente en prisión. Pero es claro que resulta problemático que el hijo de un victimario importante lidere un grupo a cargo de políticas para las víctimas de la violencia, algunas de las cuales son víctimas del paramilitares. En la entrevista, Tovar explica por qué cree que no hay razones para renunciar a ese cargo. Lo más notable es que él ni siquiera considera la posibilidad de que haya un problema en que él ocupe esa posición. Esa negativa es la razón principal por la cual no debería estar en ese puesto.

Primero está el punto de vista legal. No hay motivos jurídicos por los cuales él no pueda ejercer ese cargo. Finalmente, el victimario fue su padre y no él, y la responsabilidad jurídica es, en un caso como este, personal. Parece ser, además, que Tovar cumple con los requisitos para ejercer ese cargo, en términos de educación profesional y experiencia. Las razones que ofrece Tovar en la entrevista son principalmente de estos dos tipos, y eso no está en disputa. 

Pero es que el argumento que critica su nombramiento no es legal sino ético, y ésta es la pregunta ética: ¿Cuáles son las responsabilidades éticas de una persona que ejerce como coordinador de un programa de víctimas en el contexto colombiano? 

Para comenzar, la esfera de la ética es diferente de la esfera legal. Hay cosas moralmente correctas que son ilegales: la desobediencia civil, por ejemplo como la de Martin Luther King Jr. o Nelson Mandela, cae aquí. Aunque las leyes les prohibían desafiar los regímenes segregacionistas en que vivían, los dos consideraban que era imperativo desafiar ese orden injusto. Y hay cosas legales que son moralmente reprobables, como lo es ser racista; o como le fue, por ejemplo, haber sido cómplice de la esclavitud antes de 1851. 

Ensayemos un par maneras de concebir las responsabilidades morales, aplicándolas al caso en cuestión. Uno es moralmente responsable por las consecuencias de sus actos, o, aún mejor, por la tendencia, previsible para el agente, de ciertas acciones a generar ciertas consecuencias. Es plausible que la continuación de Tovar en el cargo cause desconfianza entre las víctimas, con lo cual podrían dejar de participar en actividades o programas en su favor. Importa poco que también haya una pregunta ética para las víctimas, en cuanto a si harían bien dejando de participar en esos programas. Esa pregunta es importante y lo es para ellas, y las conclusiones que se saquen allí les aplican a ellos. Pero esa es la pregunta de las víctimas, no la de Tovar. Para el caso de Tovar cuenta que es razonable que su continuación cause desconfianza y lo que de allí se siga, y en esa medida a él le cabe responsabilidad moral. 

La ética tiene también que ver con el tipo de persona que se es, es decir, con las disposiciones que lo guían a uno, que lo orientan en aquellas cosas a las que les da valor, que lo hacen responder de una u otra manera. Aristóteles decía que la persona justa hace las cosas con un cierto equilibrio que se encuentra entre extremos: tiene noción de su propio valor, sin ser un ególatra, y tiene también una idea de sus limitaciones, sin desconfiar excesivamente de sí mismo. En el tratar de ser justo también está el saber en qué momento no es el propio valor, sino la humildad, por ejemplo, la actitud que debe guiarlo a uno en una situación. Tovar parecería pensar que este es un caso de enfrentar una tarea difícil –como el valiente que desafía solo a un atacante—, pero no parece pensar que es una situación donde diferentes partes cuentan y son el centro mismo de la labor. 

Finalmente, hay consideraciones éticas que dependen de la manera en que nos relacionamos a los demás. Usar a los demás para nuestros propios fines, sin atender a sus preocupaciones e intereses, es moralmente incorrecto. Al contrastar la mirada arrogante y la mirada gentil, la filósofa María Lugones dice que la mirada arrogante es aquella que consulta al otro sin tener en cuenta más que los propios intereses. La mirada amable trata de situarse en el mundo del otro, de entender sus motivaciones y preocupaciones. 

Una de las responsabilidades morales del coordinador de un programa de víctimas en el contexto colombiano es preocuparse primero que todo por las víctimas. Y preocuparse por ellas es entender sus preocupaciones y entender la naturaleza de su situación como víctimas. Entender la problemática de tierras, familiar, de reasentamiento, o de salud. Y es entender también el aspecto psicológico: que las heridas de la guerra son profundas y complejas, y que es razonable la desconfianza hacia Tovar. 

Precisamente el problema de las razones de Jorge Tovar en la entrevista es que en ellas están ausentes las víctimas (él diría que no lo están, ¡pues está él!). No es difícil ver por qué las víctimas del paramilitarismo en Colombia podrían desconfiar de Tovar.  Es perfectamente comprensible. Pero Tovar no lo ve. Para él no hay razones por las cuales debiera dejar el cargo, o  incluso, por las cuales sería prudente dejar el cargo. Ni siquiera se lo pregunta. Ese es el problema. 

Su entrevista está centrada en él mismo, y fluctúa entre lo biográfico, lo sentimental, lo irrelevante y lo falaz. Él habla de su carrera, de su educación, de sus deseos de ser otro hijo de la guerra que se vuelve hijo de la paz y “cambiar el país”. A veces sus  palabras vienen sin peso: que su nombramiento “es un espaldarazo a todas las víctimas del conflicto armado, a la reconciliación”. ¿Por qué lo va a ser? Para darle un espaldarazo a alguien hay que preguntarle si lo quiere, de otro modo es un golpe en la espalda. Él insiste en que él “lo ve así”. Dice que “su decisión de vida” es contribuir a la reconciliación. Pero no hay reconciliación donde solo uno habla. Otras preguntas las evade: que no se acuerda de un trino ofensivo a un opositor politico, pero que eso está en el pasado (¿para quién?). Le da un tono sentimental también cuando dice que depende económicamente de su mamá, lo cual tiene poco sentido, habiendo tenido una carrera relativamente exitosa como él mismo la describe. Y, de manera poco sorpresiva, pregunta retóricamente “¿Y si hubieran nombrado a un hijo de Timochenko?” A lo cual le responderíamos que probablemente sería una terrible idea, como lo es que él ocupe ese cargo. Pero el punto es irrelevante.

Para Tovar, es su mirada, su decisión, su carrera, su educación. Exactamente por eso, por esa razón moral, Tovar es la persona equivocada para ese cargo.