El lápiz en la oreja

Las víctimas invisibles. La pregunta es ética, no legal, para Jorge Rodrigo Tovar

Hace unos días, se hicieron públicas diferentes entrevistas con Jorge Rodrigo Tovar, nuevo coordinador del grupo de política pública para víctimas del Ministerio del Interior. Representantes de las víctimas, congresistas y otras figuras públicas se han manifestado en contra del nombramiento de Tovar. La razón de esa oposición es que su padre, Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, fue comandante del Bloque Norte de las AUC. En consecuencia, las víctimas del conflicto armado son las destinatarias de los servicios y políticas de una división coordinada ahora por el hijo de uno de los más feroces victimarios de la Costa Caribe.  

En las entrevistas, Tovar explica por qué cree que no hay razones para renunciar a su nuevo cargo. Sus razones son legales: no hay motivos jurídicos por los cuales él no pueda ejercer ese cargo. Al fin de cuentas, el victimario no fue él sino su padre. Tovar cumple además con los requisitos para ejercer ese cargo, en términos de educación profesional y experiencia. Estas dos razones no están en disputa. 

Pero el problema no es legal sino ético. Es muy notable que Jorge Tovar difícilmente considera la posibilidad de que haya algún problema con que él ocupe esa posición. En las entrevistas, las preocupaciones de las víctimas no aparecen. La actitud —la orientación— que esa omisión muestra es la razón principal por la cual no es la persona adecuada para ese puesto. 

Para comenzar, la esfera de la ética es diferente de la esfera legal. Hay cosas moralmente correctas que son ilegales: la desobediencia civil, como hicieron Martin Luther King Jr. o Nelson Mandela. Aunque las leyes les prohibían desafiar los regímenes segregacionistas en que vivían, los dos consideraban que era imperativo desafiar ese orden injusto. Por otro lado, hay cosas legales que son moralmente reprobables, como lo es ser racista, o como condonar los asesinatos extrajudiciales como males necesarios.

Examinemos éticamente la situación a través de esta pregunta: ¿Cuáles son las responsabilidades morales de una persona que ejerce como coordinador de un programa de víctimas, en el contexto colombiano? Para eso hay que hablar de las víctimas.

Las víctimas de la violencia no solo sufrieron daños devastadores en el pasado: la pérdida de seres queridos, la violencia cometida sobre su propia persona, el desplazamiento forzoso, las pérdidas materiales. Estas experiencias traumáticas, que han afectado de manera significativa a mujeres y menores, se extienden por muchos años. Las secuelas afectan la salud física y, como está ampliamente documentado, la salud mental. Según informes e investigaciones de Médicos Sin Fronteras, la ansiedad, la depresión, el trastorno mental, y el síndrome de estrés postraumático afligen a poblaciones víctimas de la violencia en el país. Aunque aún son pocos para las dimensiones de la violencia en Colombia, hay estudios hechos por investigadores nacionales que documentan la prevalencia de secuelas psicológicas en poblaciones víctimas de la violencia. Algunos medios de comunicación han publicado reportajes que presentan la compleja relación entre salud mental y violencia.

Es perfectamente comprensible que algunas de las víctimas y sus representantes se sientan indignadas ante el nombramiento de Tovar. Sería sorprendente si no se sintieran así. Líderes Wayúu como Karmen Ramírez Boscán o Telemina Barros, en reportaje de la red Hacemos Memoria, manifiestan que, culturamente, los lazos familiares son importantes para ellos, y por eso el hijo de Jorge 40 no es simplemente otra persona sin relación alguna con los actos de su padre. En un nivel mínimo, y este es el punto clave, su presencia trae a la memoria a su padre. Como dice Carlos Guerra, abogado e indígena Wayúu: la situación “deja un vil recuerdo de lo que fue Jorge 40 y su íntima cercanía con el poder”.

En consecuencia, para muchas víctimas Jorge Tovar trae a la memoria a Jorge 40. Y es razonable, en el contexto de las secuelas psicológicas de la violencia, que ese recuerdo genere ansiedad,  experiencias psicológicas traumáticas y desconfianza por los programas que él coordina. 

De vuelta a la pregunta por las responsabilidad morales de alguien en el cargo de Tovar, ensayemos un par maneras de concebirlas, aplicándolas al caso en cuestión. Uno es moralmente responsable por las consecuencias de sus actos, o, aún mejor, por la tendencia, previsible para el agente, de ciertas acciones a generar ciertas consecuencias. Ya sabemos que la continuación de Tovar en el cargo causa desconfianza entre las víctimas. Dice Guerra, además, que esto “no les permitirá a las víctimas de ‘Jorge 40’ avanzar en la superación de una serie de actos atroces que aún persisten en la memoria de nuestras gentes”. Es razonable también que sectores de las víctimas dejen de participar en actividades o programas en su favor. Tovar conoce esas posibles consecuencias, y por tanto tiene responsabilidad moral por ellas. 

Importa poco para este caso que también haya una pregunta ética para las víctimas, en cuanto a si harían bien dejando de participar en esos programas. Por ejemplo: alguien podría razonar que las víctimas que rechacen algún tipo de ayuda por causa de que Tovar lidera ese grupo, estarían sacrificando cosas positivas para ellos y sus familias por una razón que, aunque difícil, podrían soportar. Pero esa es una pregunta de las víctimas –si los beneficios de su participación superan la experiencia negativa que ahora tienen que soportar–, no para Tovar. Para el caso de él, cuenta que su posición en ese cargo causa desconfianza. En la medida en que él lo sabe, tiene por ello una responsabilidad moral. 

Hay otras consideraciones éticas que dependen de la manera en que nos relacionamos con los demás. Usar a los demás solo para nuestros propios fines, sin atender a sus preocupaciones e intereses, es moralmente incorrecto. Al contrastar la mirada arrogante y la mirada amable, la filósofa María Lugones dice que la mirada arrogante es aquella que examina al otro sin tener en cuenta más que los propios intereses. La mirada amable trata de situarse en el mundo del otro, de entender sus motivaciones y preocupaciones. 

En el caso de las víctimas de la violencia, hay una responsabilidad moral aún mayor por empatizar con las víctimas: de entender lo que les duele y de hacer lo posible para cesar o mitigar el daño que sufrieron y cuyas secuelas se mantienen. Interesarse por las víctimas significa tenerlas a ellas como el objetivo principal de ciertas acciones. Esta es la principal responsabilidad moral del coordinador de un programa de víctimas en el contexto colombiano. Ejecutar presupuestos eficientemente viene a ser solo un corolario de esta obligación central. 

Por ello, el coordinador del programa de víctimas no puede hablar de su labor sin reconocer los sentimientos de las víctimas — reconocer los traumas, dolores y heridas profundas y complejas de la guerra, y reconocer la comprensible desconfianza hacia Tovar. Pero él no lo ve. Para él no hay razones por las cuales debiera dejar el cargo, o al menos, por las cuales fuera prudente dejar el cargo. Ni siquiera se lo pregunta. Ese es el problema. 

Sus entrevistas están centrada en él mismo, y fluctúan entre lo biográfico, lo sentimental, lo irrelevante y lo falaz. Él habla de su carrera, de su educación, de sus deseos. A veces sus  palabras vienen sin peso: que su nombramiento “es un espaldarazo a todas las víctimas del conflicto armado, a la reconciliación” (¿Por qué lo va a ser?). Él insiste en que él “lo ve así”. Dice que “su decisión de vida” es contribuir a la reconciliación (¿sin tener en cuenta a los otros?).

La ética tiene también que ver con el tipo de persona que se es, es decir, con las disposiciones que lo guían a uno, con aquellas cosas a las que se les da valor, con la manera de responder a las situaciones. Aristóteles decía que la persona justa hace las cosas con un cierto equilibrio que se encuentra entre dos extremos: tiene, por ejemplo, noción de su propio valor, sin ser un ególatra, y tiene también una idea de sus limitaciones, sin desconfiar excesivamente de sí mismo. Sabe también cuándo es el valor propio o cuándo es la humildad la que debe guíar la acción.

La situación no es fácil para Jorge Rodrigo Tovar. Tomada en serio, la dimensión moral es en ocasiones difícil y demandante. También a veces se requiere coraje para ser humilde. Hay que saber cuando es noble hacerse a un lado y buscar otro camino. Si así lo decidiera, su carrera de seguro le abriría otras puertas. Pero él sigue centrado en su mirada, su decisión, su carrera y su educación. Exactamente por eso deja desazón e indignación que él esté y siga en ese cargo.